De cómo es difícil ser distinto

Hay una especie de rayo de luz naranja muy fino que cae de una forma oblicua entre las aguas de un lago oscuro. A su lado hay un robusto roble que lleva descansando en el mismo sitio durante unos cuantos siglos y que también roba parte de ese rayo de luz. Un pájaro vuela de una rama a otra y te parece que deja una estela, también naranja.

La brisa del viento del norte está trayendo consigo un cambio de época muy interesante en el que te planteas, como los árboles cuando desechan sus hojas, que qué cosas hay que quitar de en medio. ¿Las puedes suprimir? ¿Es necesario? Ahora que se acerca el invierno y la naturaleza se muere (o se duerme) para despertar en unos meses, hay que coger esos frutos que la ardilla se está llevando a su madriguera. Hay que cavar bien hondo, como hacen esas hormigas que recolectan también sus enseres.

 

Cavar bien hondo… ¿pero allí está esa luz naranja?

 

El aire huele a mandarinas, dulce, castañas y a frío. Y esa dichosa luz naranja se va apagando como si fuera una hoguera a altas horas de la madrugada en un bosque muy denso. Lento, muy lento. Casi tan lento como el corazón que se está preguntando con quien compartir ese atardecer tan especial del solsticio y que si alguien más se va a parar a mirarlo con esa magia.

Es que hoy tenemos prisa…mucha prisa.
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Y ahora… ¿a quién leches le cuento yo esto?
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De cómo es difícil ser distinto

De cómo nos manipulan emocionalmente sin querer (claro)

¡Ey, tú! ¿Estás triste? Oh vaya, vamos a hacerte reír para que todo esté genial, ¡sí! Pintemos todas tus baldosas grises de mierda pura con colores y purpurina. ¡Luces brillantes! ¡Música! ¡Alcohol! Uh, sí: alcohol y drogas también. Claro, olvídalo todo. No ha pasado nada tan malo que tus miles de gestos buenos no puedan solucionar. Eres un crack. Eres grande. Todos te quieren.

¿Triste?

¿Sigues estando triste? ¿Pero cómo puede ser eso si no es para tanto? Porque claro yo entiendo de tu vida mil. Sé más que tú de tu vida, y claro yo sé que es lo que te conviene y lo que no… mejor que tú mismo. Increíble, ¿verdad? ¿Inquietante? ¡Pero si lo hace todo el mundo! ¡Todo el mundo delega sus sentimientos en los demás! ¡NADIE CONFÍA EN SÍ MISMO!

¡Triste!

¡Pero si no somos libres! Nadie es libre ¿Eso te pone más triste aún? ¡Carajo! No sé qué hacer para que te sientas mejor… ¡qué agobio! ¡Mira, vas a arrastrarme contigo, eh! Es que estás mal. Es que tienes que ir al psicólogo porque tienes que tener al menos cien enfermedades de no sentir,  ¿sabes? ¡Exprésate, hombre, exprésate! ¡Qué te expreses, hostia puta ya! ¿Nervioso yo? ¿De qué? ¡De ti! Que me tienes harto. Que no te aguanto. Que no puedes estar triste. Que no tienes motivos. Que la gente se muere de hambre y tú aquí con tu sueldo, con tu casa, con toda la vida solucionada, ¿triste de qué?

 

 

¿De qué?

Maldito egoísta.

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¿Es usted víctima de estos comentarios? La solución es muy sencilla: confíe en sus sentimientos que son lo más preciado de su corazón y, ¡huya! ¡Lejos! ¡Sea libre! ¡Sálvese!
De cómo nos manipulan emocionalmente sin querer (claro)

La realidad es fruto de nuestra imaginación

Un precioso niño, demasiado pequeño para acordarse, con sus mofletes redondos, su mirada inquieta y sus balbuceos tenaces, descubrió un día una cosa.

Todos los días descubría algo (es lo que tiene estar en la etapa de descubrir) pero ese algo era tan bonito, que en vez de viajar por algún sitio común de su cerebro, se alojó en un lugar más desconocido y oscuro. Le hacía cosquillas y le producía el mismo calor en el corazón que cuando su mamá le daba un beso antes de acostarse. O cuando su papá llegaba de noche a casa y él se ponía a patalear para que lo aupara en el aire. Esa emoción. Esa felicidad. Esa naturalidad (¡qué cosa!)

Al crecer, ese algo tomaba colores diferentes, hasta que un día alcanzó todas las tonalidades de colores que le gustaban. Era bonito soñar e imaginar que lo tocaba, que lo acariciaba, que él mismo estaba ahí dentro en ese paraíso de color, de sonidos y de olores mágicos. Pero en algún momento eso se apagaba porque había cosas que hacer: deberes, recados… Solo podía esperar a que esa cosa apareciera en su cabeza atraído por algo “no tan aburrido” de fuera. Entonces, ansiado de su presencia, decidió que si lo compartía y lo sacaba de ese sitio secreto en su interior, estaría más presente.

Y lo compartió.

Una vez, dos veces…tres, cuatro…diez… (¿Eso no es muy difícil?)

Perdió la cuenta en algún momento. Y sí, estaba más presente, pero por alguna razón a los demás no les parecía tan genial ¿cómo no eran capaces de ver su magia y sus colores? Y entonces, al no alimentarse, eso se fue apagando lentamente… (¡Escoge algo más sencillo!).

Hasta que un día alguien le dio un manotazo y ese niño lloró. Esa cosa tan preciosa ya no brillaba tanto y ahora se había roto (¡Es imposible! ¡Olvídate!). Con sus finitos y torpes dedos, empezó a intentar reparar su precioso mundo de luces.

Pasó aún más tiempo, y sin saber exactamente qué es lo que estaba haciendo mal, se le volvió a caer. Y se le cayó muchas veces, porque además al pobre siempre se le caía después de haberlo arreglado.

Y, claro, un día ya no quería repararlo más. (¡Elige otra cosa, hombre! ¡Sé realista!).

Entonces aquello se apagó.

Lo que no sabía ese dulce niño de mofletes redondos, mirada curiosa y balbuceos tenaces era que eso estaba alojado en un sitio mágico de nuestra alma y aunque se apague y se rompa, siempre va a estar ahí.

Pero esto ya no lo descubrió hasta que hubo pasado mucho más tiempo (qué impertinente el tiempo este, oye…). Un día, un destello luminoso resurgió de algún sitio, y después de buscar entre la multitud de paparruchas feas, usuales y aburridas, lo vio.

Con ilusión y tesón reparó de nuevo, con sus deditos pequeños, hasta el último ápice de esa cosa. Y sí, lo compartió. Pero ahora podía protegerlo ¡y luchar! Seguía recibiendo golpes, porque hay momentos que no puedes evitar que pasen, pero ya no eran suficientes para desmontar su fantástico mundo de luz.

— ¿Y qué pasó, abuelita Caroline?

— Descubrió, querida, que la realidad es fruto de nuestra imaginación.

— Pero abuela, hay una cosa que no entiendo… ese niño creció, ¿no? Dejó de ser un niño.

— No, cariño. Dentro de ese sitio oscuro y secreto nunca se deja de ser un niño. Y gracias a ese niño, este hombre pudo encontrar su sueño.

Anonadada, la niña se quedó mirando a su abuela con ojos pensativos, mientras sujetaba entre las manos y el pecho su propia cosa de colores, que ahora tenía una pequeña primera grieta.

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“Si tú también sientes esa cosa brillar dentro de ti, ¡comparte esta historia para que nadie nunca se olvide!” #SalvatuSueño
La realidad es fruto de nuestra imaginación

De cómo se hace una Fiesta de la Cosecha

En la antigüedad, casi la totalidad de culturas que cubrían nuestro planeta, estaban regidas por una serie de dioses la mar de majos (y con un pronto muy malo) que hacían que las buenaventuras llegaran a los corazones de los vecinos de cada pueblo. Y la gente tenía un huerto y sembraba cosas… y, claro ¡eso era una fiesta!: la Fiesta de la Cosecha. Seguir leyendo “De cómo se hace una Fiesta de la Cosecha”

De cómo se hace una Fiesta de la Cosecha

De cómo nacen los traumas

Nos educan para sufrir la vida, no para vivirla

Esta es la estampa que me encuentro: la lección del sufrimiento, de la insolencia y de la inmadurez emocional. Tres ingredientes letales para la felicidad, efectivamente.

Al contrario que proteger son excelentes creadores de dolor, angustia y desesperanza. Esto que enseñamos y transmitimos no son más que generadores de una negrura de dimensiones cósmicas que van más allá de la vida, traspasan las fronteras del tiempo y de la mortalidad.

Las generaciones se nutren una tras otra de estas espinas en el alma que parece que no se van con un simple “si no lo veo no existe ¿verdad, mamá?”. Y es entonces cuando te obligan a ponerte unas gafas sucias que te hacen ver al revés las cosas de fuera.

Ahora solo podemos esperar que en algún momento alguien diga “ALTO” en su propia cadena de desdicha y comience el duro camino hacia algún tipo de libertad. Nos daremos cuenta entonces de que hay compasión, respeto y responsabilidad con el entorno.

Y es cuando llega el amor. El amor de verdad.

Hace falta amor en un mundo así.

Piensa en ti y solidarízate.

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“9 de cada 10 personas normales de Wisconsin recomiendan quitarse las gafas y mirar hacia dentro para evitar movidones innecesarios”
De cómo nacen los traumas